Recuerdo el día en que me explicaste por qué debíamos terminar todo eso, por qué teníamos que dejar de hacer aquellas cosas que tanto nos gustaban, que tanto disfrutábamos. Era soleado, fue en el patio de mi casa, a escondidas en un pasillo. Me dijiste que nos podíamos enfermar, que era malo, que sólo lo hacían los adultos. Yo madura, ecuánime y comprensiva, acepté tu sentencia sin refutarla, muy tranquila, a sabiendas de que era algo que me gustaba pero sin comprender muy bien de qué se trataba, sin tener idea, como siempre, de si era algo bueno o malo. Simplemente me gustaba; sabía con cuanto pudor la gente trataba el tema, pero nunca hice caso a esas represiones, es decir, no las aceptaba pero tampoco me rebelaba, sólo vivía a merced de mi deseo, a merced de tus inventos, a merced del seguro de la puerta pasado con un colchón en el piso y la TV prendida, a merced de pequeños e inocentes secretos, inofensivos, puros, a merced de lo que nuestras almas pedían.
Quizá tú venías con esas ideas de otros lugares. Casi puedo asegurar que alguien más te lo había enseñado a ti y ahí, en tu búsqueda, estaba yo, aún más inexperta y abierta a un nuevo juego, a un juego interesante, diferente, clandestino, introspectivo, dispuesta a aprender lo que su prima le quería enseñar, ávida de conocer algo que lleva años conocer y practicar. Eran pocas las horas, eran intrépidos los momentos, y pasaba linda, pasaba lo que sin nosotras saber, era prohibido.
Aún recuerdo aquella tarde, aquella explicación tan madura, carente de miedo, plena de audacia, voluntad. Aún lo recuerdo querida, y sé que tú también.







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